La niña del cisne

Había una vez una bella niña con largos cabellos rojizos que se parecían a la melena de los cerezos en otoño. Desde muy pequeña se movía de aquí para allá en una silla de ruedas porque había nacido con espina bífida y no podía mover sus piernas, pero siempre que escuchaba los acordes de alguna música podía sentirla en todo su cuerpo y le daban muchas ganas de bailar.

Entonces, se retiraba a su dormitorio, movía los brazos con la misma gracia de los cisnes al levantar vuelo, giraba la cintura, inclinaba su torso hacia adelante y hacia los costados y sonreía frente al gran espejo como una bailarina eximia lo hace frente a un inmenso público. La muchacha había convertido a su silla de ruedas en un maravilloso objeto giratorio y lo hacía danzar con encanto, como si fuese una extensión de sí misma. Sin saberlo, había creado un nuevo estilo de danza sobre ruedas, aunque nadie conocía su secreto.

La niña de los cabellos de cerezos se esforzaba por ser independiente y por vencer toda clase de temores que constantemente la acechaban, haciendo pequeños recorridos por la calle, mientras sus padres estaban trabajando.

Cierta tarde, la niña, que ya se estaba convirtiendo en una deliciosa muchacha, decidió llegar más lejos que de costumbre, hasta el gran lago del parque de la ciudad. Sólo lo había visitado una vez, y había quedado cautivada por los patos que se movían con destreza sobre el agua espejada y por las garzas con sus cuellos largos y estilizados que circulaban por sus orillas.

Su anhelo pudo más que los temores que la asediaban cada vez que salía de su casa. Por eso, aquel día no le inquietó esperar media hora hasta que algún vecino de su edificio, que casualmente salía, la ayudara a bajar los cinco escalones que la separaban de la vereda; ni los quince minutos que aguardó a mitad de cuadra porque unas baldosas en mal estado detenían su paso; ni el rechazo de dos transeúntes cuando pidió ayuda para cruzar la primer calle sin rampa; ni las tres que estaban obturadas por automóviles mal estacionados. Nada de lo que habitualmente la llenaba de tristeza pudo vencer su profundo deseo de pasar unas horas en el gran lago del parque. Y, aunque intentó tomar un colectivo, no le fue posible porque el chofer le gritó que la rampa mecánica estaba rota y siguió su camino, casi sin frenar. De modo que, continuó, igualmente ilusionada, su trayecto.

Pasada más de una hora de peripecias, la niña llegó hasta una explanada para descubrir que eran sólo cuatro los escalones que la separaban de aquel maravilloso lugar. Vio entonces llegar a un joven apenas mayor que ella y le pidió ayuda. Vestía camisa blanca, pantalones negros y zapatos extraordinariamente bien lustrados, que a la niña le llamaron la atención. Con suavidad le pidió ayuda, pero el muchacho le respondió hoscamente que no tenía idea de cómo lidiar con ese aparato. El parque estaba desolado y empezaban a caer algunas gotas de un nubarrón inesperado. Ni un alma recorría el lugar, y la niña sabía que bien podría pasar toda la tarde varada allí, bajo la tormenta, sin que una sola persona viniera a socorrerla. Entonces, tomó coraje, volvió a llamar a aquel muchacho y le explicó la situación. Muy contrariado, el chico le dijo que estaba apurado, que no tardaría en llegar alguien y, sin decir más, se escabulló, mientras el cielo se desplomaba en un chaparrón.

Las lágrimas de la niña se confundieron con la lluvia. Completamente empapada, se dispuso a volver a su casa cuando un enorme cisne blanco pasó sobre su cabeza en un vuelo rasante. Por un momento, las grandes alas de aquella ave deslumbrante la ampararon de la lluvia y la pequeña quedó resguardada bajo su sombra. Casi llegó a tocar sus largas plumas de seda, que se unieron en un abrazo justo cuando rozó sus cabellos de cerezos.

Al calor de ese instante, la pequeña se vio nuevamente impulsada a llegar al lago. Miró el cielo, vio cruzar el leve resplandor de un rayo de sol y comprendió que debía permanecer allí porque en aquella espera, como en todas las esperas, algo sorprendente sucedería. Y sonrió con placidez, mientras el ave se perdía en aquella parte del lago que aún era inaccesible a su vista. Finalmente, el auxilio de un buen hombre que paseaba a su perro la rescató del obstáculo de aquellos cuatro escalones.

La niña de los cabellos de cerezos circuló con rapidez por una vereda que circundaba el espejo de agua, ansiando encontrar al blanco cisne. Por fin lo divisó en el otro extremo del lago. Una ráfaga de decepción la abrumó. No podría llegar hasta él, pues la senda asfaltada había terminado y corría el riesgo de que las ruedas quedaran enterradas en la tierra recién mojada. Pero al estacionarse la niña en la orilla, vio al cisne dirigirse con lentitud, en una línea recta y perfecta, hacia donde estaba ella. Al llegar frente a la niña, el cisne frenó en seco su viaje y comenzó a dar vueltas. Lo hacía con serenidad y gran belleza. Alzaba las alas, las desplegaba, mientras daba suaves vueltas sobre sí mismo. Inclinaba la cabeza hacia un lado y hacia el otro, y así, con movimientos rítmicos y delicados acompañó en silencio a la niña que lo contemplaba extasiada. Calladamente, durante un rato infinito se hicieron compañía. Cuando la muchacha miró el reloj, vio que ya era la hora de regresar a su casa. Entonces, el cisne hizo una encantadora inclinación de cabeza, batió graciosamente sus alas, pegó media vuelta y se marchó.

La niña de los cabellos de cerezos vestía una sonrisa luminosa y nueva que suavizaba su rostro. Pidió ayuda a todos cuantos se cruzó. Hubo quienes la asistieron para bajar los cuatro escalones, cruzar las calles de aquellas cuadras sin rampas, y sortear las veredas rotas, y las penosas peripecias que engendraban sus temores cotidianos se convirtieron, aquel día, en una inolvidable aventura.

Hasta que llegó a la cuadra de la rampa defectuosa, la que poseía un escaloncito que su silla no podía bajar. Entonces, se detuvo mansamente, y en aquella plácida espera contempló las casas y los negocios de aquel lugar que miraba por primera vez. Una nítida melodía de tango le hizo vibrar el cuerpo. Provenía de un salón vidriado que estaba a sus espaldas. Observó a unos jóvenes practicar pasos de baile. Vestían pantalón negro, camisa blanca y zapatos extraordinariamente bien lustrados. Movida por un inexplicable impulso, entró al salón y le preguntó, a quien parecía ser el profesor, si podía tomar clases de tango. El hombre largó una carcajada. La niña no se ofendió esta vez, sino que sonrió con sus facciones luminosas mientras que el profesor desplegaba su brazo hacia atrás, señalando hacia una puerta pintada de color anaranjado. Entonces, inclinó su cuerpo, en un ademán ceremonioso, y exclamó:

– ¡Bienvenida!

Y tres personas atravesaron aquella puerta vistosa. Eran tres muchachas que arribaron a la pista de baile andando en sillas de ruedas, al ritmo de “La Cumparsita”. Sus compañeros, que las esperaban en la pista, sujetaron sus brazos y comenzaron a hacer girar las ruedas, mientras los cuerpos y las miradas se fusionaban en una sintonía exquisita.

Entonces, el profesor llamó a un muchachito que vestía pantalón negro, camisa blanca y zapatos extraordinariamente bien lustrados. Tomó la mano de la niña de los cabellos de cerezos y se la entregó al pequeño caballero.

Para ambos era la primera clase en aquel salón. Sin embargo, no era la primera vez que se veían aquella tarde. La niña de los cabellos como cerezos pudo descubrir en aquella mirada esquiva el mismo miedo y la misma lástima que solía encontrar en los ojos de los desconocidos. Pero al dar el primer giro sobre sus ruedas, sintió el calor de aquellas alas de cisne acariciándola en pleno vuelo, la misma certeza de cobijo bajo la lluvia, mientras la música se encendía en su cuerpo, y, cerrando los ojos, se dejó llevar por la pasión que hasta ahora había escondido en el secreto de su dormitorio.

El ritmo de aquel baile llenó a la muchacha de una serena confianza en su propio cuerpo. El joven la despegó de la silla y la levantó en el aire. Y los cabellos de cerezos otoñales flotaron, y sus brazos se extendieron delicadamente, como acariciados por una suave e inexplicable brisa. Y, por fin, se encontraron sus ojos, y esta vez la niña se llenó de ternura, y latió al compás del corazón de aquel bailarín asustado. Una compasión distinta la invadió, que no se nutría de condolencia sino de la comprensión profunda de aquella parálisis que aquejaba a su compañero y le impedía dar pasos en el amor.

Y esa compasión se convirtió en abrazo. Y el pequeño de los zapatos extraordinariamente bien lustrados esbozó una sonrisa, y su sonrisa se volvió luminosa y la llevó aún más alto y giró aún más fuerte, y rieron. Y la niña de los cabellos como los cerezos en otoño comprendió que aquella tarde, en pleno vuelo de cisne, había ayudado a caminar a un discapacitado.

FIN

 

 

Autora: Sarah Mulligan
Ilustradora: Sarah Mulligan
(Todos los derechos reservados)

La niña del cisne
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